Por Alfonso Reece.
‘Muerte de un ciclista’
Consigan una copia de la película de Antonio Bardem cuyo título roba este artículo. El incidente que denomina al filme es el atropellamiento de un ciclista por parte de una pareja adúltera, que fuga del escenario, más por vergüenza de su pecado que por el delito de tránsito. Una situación que no parecería insólita en nuestro país, más cuando hemos visto en Quito que dos ciclistas murieron en accidentes en esta semana. Pero las situaciones de las dos muertes son muy distintas. La una fue atropellada por un bus, la otra se golpeó en el choque con otro ciclista. Sin embargo, en su diferencia, los dos accidentes tienen una misma raíz: la falta de respeto por el otro.
Ya no se habla de “la noble clase del volante”, pero el transporte público es uno de los famosos poderes fácticos. Un sector privilegiado al que no ha habido manera de meter en vereda… aunque, de hecho, se meten con demasiada frecuencia en la vereda, con sus llantas provistas de espinas de acero, como carros de guerra, ¿no lo han visto? Ningún régimen, desde las dictaduras militares de los años sesenta y setenta, hasta la Revolución Ciudadana, ha podido con ellos. No son la única horda que asuela las vías del país. De los conductores particulares ¡seVivimos una cultura feudalista que nos hace abusar cada centímetro de poder, al que entendemos necesariamente como aprovechamiento sin límite. ve cada cosa! Mientras más centímetros cúbicos en el motor, más gasolina en la sangre y el escape conectado directo al cerebro. ¡No sabes quién soy! ¡Mi papá es hombre de negocios! ¡Mi hermano es ministro! ¡Mi abuelita es policía! ¡Hazte a un lado! Algún desventurado ciclista no se hizo del todo a un lado y ahí quedó. La buseta o la tremenda ranchera pasaron nomás.
Uno de los accidentes mortales lo causó un ciclista. Semanas atrás, una pariente fue embestida por otro, causándole heridas que requirieron atención hospitalaria. He dejado de caminar en la Ciclovía del Valle de Tumbaco, porque me espanta la posibilidad de ser atropellado por aquellos que en las bajadas embalan sus bicicletas seguramente a 100 kmph. El irrespeto ya es de todos. Mi determinación de no usar ese bello paseo también la provocan los peatones, que caminan en grupos ocupando todo el ancho de la vía, hay que pegarse al talud o se ponen bravos. Y los dueños de perros que se resisten a ponerles traílla. Los canes deben ser pitbull o, por lo menos, rottweiler, “para que nos respeten”. De recoger los excrementos de las mascotas, ni hablar. Abra bien los ojos y no moleste.
El problema no está en los choferes profesionales, como es cómodo creer. Vivimos una cultura feudalista que nos hace abusar cada centímetro de poder, al que entendemos necesariamente como aprovechamiento sin límite. En las renombradas sabatinas a los medios y a los discrepantes les tiran el carro, o directamente los atropellan. Ejemplo funesto que se reproduce hacia abajo y sálvese quien pueda. De nada servirán leyes y policías supertecnificadas si no se promueve, a todo nivel y desde todas las instancias, una cultura del respeto.
Tomado del Diario “El Universo”.
http://www.eluniverso.com/2012/05/14/1/1363/muerte-un-ciclista.html






